domingo, 6 de marzo de 2016

fragmento de La novia

Ése fue el lugar que la misma Ángela Guzmán escogió para casarse. Había sido su sueño de niña, al pasar por allí y escuchar todo lo referente a ella, de manera que la expectativa de que fuera así la tenía más contenta que antes. Decía que quería estar bien vestida, bella, como una cenicienta, para dicha de su corazón. Se sentía completamente bien, a tal punto que unos llegaron a pensar que por estar ese día en el altar, sería la mujer más hermosa de la historia que alguna vez estuvo vestida de blanco. Según su amiga Sonia Murcia, Ángela Guzmán no se cambiaba por nadie en esos días previos a la boda. Recuerda cuando compró el vestido de novia en un caro almacén del norte, con su compañía y la de su madre, y que lo escogió desde el momento en que entró, como si desde siempre hubiera sabido dónde se encontraba el ideal para ella. «Parecía la Cenicienta», decía. «Todo le estaba saliendo como lo soñó desde su juventud.» Según diría, le quedaba bien desde que se lo midió, tanto que no hubo necesidad de hacerle ninguna clase de costura y arreglos, y se vio tan claramente agraciada al arrastrarlo ante el espejo, que pareció que en esa propia ocasión ya se fuera a casar. Así que todo iba fácil ayudado por el viento del norte, las cosas marchaban por el camino correcto, la gente más allegada le pronosticaba un buen porvenir, le deseaba una vida duradera y mejor, y ella le demostraba una respuesta de afecto profundo cuando se vio de pronto rodeada de tanto cariño sincero.
Durante unos días, se comenzó a anunciar públicamente el acontecimiento inédito que iba a ocurrir. Aunque su padre invitaría a muchas personas, hubo más expectativa en vista de que alguien entre las personas de Oriente iba a casarse con una muchacha de Barranquilla, que aunque no era rica sí pertenecía a la sociedad. En los círculos sociales se comentó eso, y la comunidad árabe tuvo noticia, mientras nadie estuvo en desacuerdo con que fuera por una iglesia el matrimonio, menos el día caliente en que llegaron los padres de él desde Beirut y que cuando conocieron a la hermosa Ángela Guzmán en persona, comprendieron en seguida porqué su hijo había sentido el amor desde un continente que estaba tan lejos. Muchas personas estarían presentes en la boda, de eso nadie tenía la menor duda, porque aunque no eran de allí, la familia al-Assad conocía a unos miembros de su raza en la ciudad que a su vez conocían a grandes amistades, representativos de la alta sociedad. De manera que más o menos se tenía una idea de cómo iba a ser de grande aquella boda, que tenía a todos interesados por lo que iba a suceder como si fueran cosas de la realeza, ya que la imagen de príncipe de él y la belleza exótica de ella eran propicio para un fantástico cuento árabe, que mil años después parecería una exageración de la realidad.
La noche del casamiento del libanés Habîb al-Assad con la bella Ángela Guzmán, había motivos para pensar que se estaba llevando a cabo una nueva unión que se recordaría en la ciudad. Era algo que se veía venir, porque era claro que una hermosa mujer que había terminado por representar a la ciudad, iba a mezclar su sangre al menos una vez con una personalidad muy poderosa venida de Oriente, quizás por el misterioso rastro de su aroma corporal, que hacía incluso que las personas que nunca la habían visto recibieran en todas partes de los cinco continentes el bienestar del amor universal. Desde primeras horas de la tarde, fueron llegando uno por uno los invitados, que eran muchos, porque si bien la familia de la muchacha no era de las más ricas, su padre conocía a los hombres más poderosos de la ciudad que estaban contentos, ya que gracias a ella una de las fortunas más grandes del Líbano quedaría en parte en Barranquilla. Ésa era la razón más que suficiente, para que llegaran invitados del norte de la ciudad, gentes de bien, que de alguna u otra forma se beneficiaban mucho con la población árabe de la ciudad, que era muy profunda e influyente, como debía valorarlo enormemente el gran periodista y escritor Juan Gossaín. Los padres de ambos estuvieron presentes, si bien los de él se mantenían afuera y distantes por respeto a su religión islámica, y todos pudieron ver a un señor que era amigo personal del Rey de Arabia Saudí, que esperaba que la llevaran de paseo a su tierra para conocerla y admirarla con devoción como al monte Jabal Sawda, donde podían llegar al cielo. La fama de Habîb al-Assad era muy sabida desde que invitó a las personas, aunque la verdad es que muchos cuando vieran aparecer la cara de la novia comprenderían por qué alguien que era tan rico como un sultán, se había enamorado hasta de los barrios más pobres al sur de Barranquilla. Eso llamaba poderosamente la atención, y todos tuvieron la oportunidad de estar presentes en un lugar donde se iba a realizar la boda más grande en la historia de la ciudad.
Dentro de la iglesia que estaba iluminada, se vivía en completa calma. Eran muchas personas las que estaban presentes, y era impresionante cómo algunos ricos tuvieron que quedarse sentados en el parque de afuera, sólo porque no todos cupieron en la diminuta iglesia. Era un caso fuera de lo normal, y alguien con razón hasta alcanzó a decir que si aquella no sería la boda más grande registrada alguna vez en la ciudad, sería en definitiva entonces la mejor. Según la fortuna del hombre que esperaría en el altar, y de la mujer preciosa que iba a ser su esposa, no cabía duda de que fuera posible. Había tanta riqueza concentrada en el ambiente, oro y plata en los cuerpos y sobrado refinamiento en la apariencia pulcra de los invitados, que muchos se preguntaban dónde estaba allí Jesucristo cargando la pesada cruz. Pero como la ilusión de una mujer siempre ha sido ser llevada al altar con aires de una princesa, todos pensaban que al fin y al cabo Dios había inventado bien el amor, y no era del nada malo que de eso fuera testigo el resto de los hombres. Muchos políticos, personas de la alta sociedad, principales empresarios de la ciudad, en los que estaban los árabes, se sentían halagados con que aquella religión recibiera como uno de los suyos a alguien que en su juventud, cerca de La Meca, había recorrido las mismas arenas del desierto que alguna vez aquejaron de amarga sed al profeta Mahoma, buscando a una mujer que en aquel entorno no aparecía ni un espejismo. Sintieron licenciosa emoción, como si todos los hombres al menos con la mirada se fueran a casar con la novia. Ésta, en cualquier momento, iba a aparecer, deslumbrar y demostrar para remate que si había algo parecido al pecado no era la riqueza material de los presentes, sino la misma belleza.
El novio estaba frente al altar, esperando a la novia. Se veía completamente sumergido en la soledad, en medio de una religión que apenas conocía, aunque por fortuna era el único hombre que la estaba esperando para amarla de verdad. Era consciente de que las personas estaban pendientes de lo que estaba pasando, y que muchos mortales que estaban sentados detrás suyo, hubieran dado toda su fortuna por estar en el cuerpo donde estaba él. «Parecía el hombre más afortunado del género humano», dijo alguien que estaba presente. Con quietud mantuvo su compostura, esperando ver pronto a una mujer, cuya sola presencia en la puerta de la iglesia le volvería a hacer sentir que no estaba solo en la tierra. Según diría después, quería que todo terminara rápido para estar con Ángela Guzmán en algún lugar distante, donde nadie más sintiera el amor de los dos. Sólo que entonces había que cumplir los requisitos católicos, muy cerca del padre que debió notar su nerviosismo, en vista de que la mujer que sería su esposa se estaba demorando bastante, como si en alguna parte se hubiera arreglado en sus asuntos íntimos más de lo habitual, para que él fuera consciente de que había valido la pena ser el dueño de ella. En serio, estaba desesperado por ver cómo era la cara de Ángela Guzmán, en el momento más especial de su vida.
Cuando apareció la novia, acompañada de su padre rumbo al altar, todos se volvieron a mirar a una mujer que ya daba la noción de venir de la otra vida. Era tan bella a pesar de su corta edad, que un gran rico de la ciudad se preguntaba y quejaba amargamente que cómo era posible que alguien venido de tan lejos, hubiera conocido primero a una muchacha bonita que podía ser su vecina. En efecto, muchos hombres pensaron eso sin disimular. Pero ya era tarde, y ella, sonriente, caminaba rumbo al lugar donde estaba el hombre que había esperado meses para poder llevar a cabo ese momento tan significativo, que lo hacía el más importante de los que se enamoraban. Esos segundos que pasaban no parecían acabar, pero tuvo paciencia, sintiendo que la atraía con la mirada, notando el silencio de las demás personas que estaban admirados ante ella, tan hermosa, tan ingenua, tan sonriente, animando a un público que cada vez más se sentía emocionado con aquel episodio prodigioso. En realidad, nada había mejor que ser testigo de lo que en esos momentos estaba ocurriendo al interior de la iglesia Inmaculada. Ella relucía siendo el sol que había bajado, acercándose al hombre que la amaba con toda la fuerza del alma, en medio de la música tradicional, sintiendo que era para él, que por ella no sólo era capaz de renunciar a su religión, sino también a su nacionalidad y a su cultura, si ésta era impedimento para que pudiera verla ama de todos los pensamientos como la estaba viendo en ese instante. En ese estilo de andar, llegó al lugar donde estaba él, lleno de un miedo que se notaba.
Estando juntos, miraron al padre que era el único mortal que no parecía haber sido seducido por la apariencia irreal de ella. Cumplió con su compromiso, haciendo lo mismo que hacía siempre en ese caso. Sin embargo, se dio cuenta de algo. En su largo tiempo en aquel templo, jamás había sentido que dos parejas se amaran tanto. Eso en serio lo contentó, porque si algo había aprendido en su carrera en la diócesis, era que el matrimonio era la muestra más clara del amor.
-¿Acepta a este hombre como su esposo?
-Acepto –respondió ella.
Los mantuvo muy cerca, algo que era habitual. Al preguntarle al hombre si la aceptaba como esposa, éste asintió con la cabeza.
-Sí, acepto.
El padre, sintiéndose de veras inspirado por una orden que venía del cielo, los bendijo para siempre.
-Entonces los declaro marido y mujer –dijo, y después miró al bienaventurado-. Puede besar a la novia.
Para ambos no era la primera vez que lo hacían, pero de pie en el altar, delante del público que se creyó afortunado con ese espectáculo, fue una verdadera revelación cuando estuvieron besándose de los labios durante varios segundos, sacando el amor que tenían por dentro, brindándoles con la escena romántica a cada quien un poquito, dejando claro con eso que la realización de un matrimonio era lo mejor que ocurría siempre en la historia. Era algo fascinante, que sucedía en aquel recinto y contagiaba a todo el que tuvo la oportunidad de ser testigo de ese gran milagro. Durante un buen rato, sólo se escucharon los fuertes aplausos de los asistentes, a quienes les cayó como una mentira lo que estaba pasando. «Parecía el final feliz de un cuento de hadas», dijo alguien. En realidad, hasta el momento esa reflejaba ser la única verdad.
Después se volvieron a mirar a los demás, que estaban de pie. Ángela Guzmán, muy conmovida, lloró de la felicidad. Era el momento más extraordinario de su vida, y mientras sus labios sonreían, sus ojos botaban imparables lágrimas, sin poder creer lo que estaba viviendo, realidad electrizante que la erizaba, que la hacía sentir un ángel que al fin había tenido el permiso de Dios Padre Todopoderoso, para poder entregar su carne mortal a un humano. Algunas personas también lloraron por eso, en especial su madre, que estaba estremecida ante la sensibilidad de su hija, y lo único que le preocupaba era que la noche anterior fue la última vez que la tuvo viviendo oficialmente en su casa. «Mi niña estaba tan emocionada, y quería que los demás fueran más felices que ella», dijo la señora cuando la recuerda, llena de tristeza. La pareja de enamorados se iba abriendo paso, para salir a la calle, pero la multitud los obstaculizaba mucho, los incomodaba, los estrujaba, porque ya eran los seres más especiales. Nadie podía creer lo que estaba pasando, y al fondo, en el altar, el padre miraba orgullosamente a aquel pueblo cuyos seres demostraban ser buenos hijos de Dios, sintiendo que su compromiso por esa noche había terminado. «La boda por la que más se recuerda a un padre español», como aseguran unos. En el fondo, ya quería que la fiesta acabara, pero era imposible ante tantas felicitaciones que recibían los protagonistas del amor, y entonces Habîb al-Assad finalmente terminó de confirmar sin molestarse a que muchos señores que estaban allí, distinguidos representantes de la alta sociedad, también les hubiera gustado casarse con ella. En cambio, alguien rememora algo muy distinto. «Hoy pienso, por lo que sucedió luego, que un matrimonio a lo grande con tantos bombos y platillos, es de mal agüero», dijo. Era natural que eso pasara desapercibido, estando cerca de la calle, donde el novio no se molestó en absoluto que la tocaran tantos prójimos, sino que por el contrario, se sintió orgulloso de que todos vieran con los mismos ojos a una hermosa dama que a su corta edad de diecisiete años no había sido descubierta antes por otro hombre poderoso, como sin el amor de casada no hubiera sido realmente tan bella. En un momento, mientras se abrían paso entre tanto estropicio y les tomaban numerosas fotos, parecía que de pronto se hubieran vuelto famosos. Al ir llegando a la puerta, mirados y tocados por todos, él vio que la gente que estaba afuera igualmente quería verlos, porque había de nuevo que conocerlos. De alguna manera tenían razón, porque lo que eran ellos dos ya era unas personas diferentes.
En la terraza, muchos ciudadanos que estaban cercanos se dieron cuenta de que aquella era una boda grande. Vieron salir a la novia, acompañada de un hombre que no era de esos lugares, pero que de repente sintió que pertenecía a esa cultura y esa raza desde hacía años, porque era poseedor de una prenda inestimable que no tenía la gente de allí ni con todo el dinero por haber. Bastó ver el esplendor de los invitados, para imaginar que se trataba de otra gente rica que estaba de fiesta, porque supuestamente un rico se había casado con una rica, qué rico, algo a lo que estaban acostumbrados de los ricos, qué cosa con los ricos, así que algunos transeúntes inflexibles siguieron caminando de largo, pensando en lo que estaban pensando antes de mirar a las afueras de aquella iglesia a donde pertenecía la felicidad. En el parque había gente sentada, expectante con aquel desarrollo único de la vida. Para él, aquel era un momento halagador, porque la persona que más amaba ya era su mujer, y ella al sonreír se lo manifestaba, comprobando por eso cómo también había logrado convertirla en lo que quería que fuera.
El lugar donde se celebraría bien la fiesta a bombos y platillos era el Club Alemán, donde la alta sociedad de la ciudad siempre se había reunido. En esos momentos, ya algunas personas habían llegado con anticipo, porque la noche era temprana y se creía que aquella fiesta sería una de las mejores, donde no faltaría el whisky con hielo, el limón, la soda, las hermosas mujeres y hasta los temas de negocios. Era la otra celebración, donde la verdadera diversión estaba lejos del catolicismo. Cuando llegaran, los recién casados se encontrarían con la sorpresa de una gran recepción donde estarían vestidos de civiles, y podrían unos darse el lujo de bailar con la que a esas alturas, ya era considerada públicamente por la prensa como la mujer más hermosa que había nacido alguna vez en Barranquilla. Así que allí podrían disfrutar con más entusiasmo, teniendo en cuenta que la pareja estaba dispuesta a sacrificar mucho tiempo de su luna de miel, para complacer a tantos invitados que quedaban en la tierra. Era algo lleno de alegría, de un entusiasmo desorbitado que daba para pensar en las mejores cosas.
En su larga historia de existencia, aquel club había reunido en muchas ocasiones a las personas más prestantes de la ciudad, y pertenecer a él parecían cosas de una logia, porque eso brindaba una protección y caché que daba renombre, produciendo que unos hombres al hacer dinero, lo primero que quisieran era sentarse un instante en ese recinto para hacer ya parte de la sociedad. Durante toda la vida, era el lugar ideal para reunirse, porque daba gusto estar viendo casi las mismas caras. Muchas personas, que pertenecían allí, iban con frecuencia, formando una gran familia que parecía funcionar como corazón de la sociedad, dirigiendo desde esa sala a veces el destino propio de la ciudad. El padre de Ángela Guzmán era uno de sus célebres miembros, y por tal razón escogió el lugar como el ideal para continuar después los festejos de la boda. Sabía que nada había mejor que ese sitio para crear la bulla que querían tener, aunque a personajes del espíritu de Habîb al-Assad apenas les interesaba eso, y lo único que quería en la vida era complacer en todos los sentidos a su mujer, que nunca antes en una sola ocasión había permitido que su belleza exterior hubiera sido tan mirada por los hombre. De manera que si la fiesta tendría lugar allí, era para pasar a lo grande el suceso de un matrimonio, que se sentía en toda la ciudad.
Con todas las personas ya presentes, se vio a un hombre libanés vestido de civil como cualquier príncipe moderno. Se le veía hablar en español, gentil, atento, asegurándose de que todas las personas estuvieran cómodas, porque estaba tan feliz que sentía un poco de vergüenza, al ver que nadie pudiera estarlo tanto de la forma en que lo estaba él. Las personas lo miraban bailar el vals de la mano de ella con atención, y sabían que tenía mucha razón para dejar por siempre su país apartado, en busca de quedarse en una ciudad como Barranquilla donde encontró su mejor joya. El salón estaba repleto de gente, y apenas distinguían a la novia, que le tocó bailar con más de diez hombres desconocidos por ella, los cuales sólo de esa manera educada descansaron tranquilos, desde que descubrieron por primera vez su hermoso rostro de serafín en la iglesia. Nadie podía imaginar que una unión como ésa pudiera terminar unas horas más tarde en tragedia, ya que la felicidad de ambos era tan manifiesta, que hasta el adivino más diestro hubiera dicho que el futuro de toda la raza humana sería mejor desde que se habían casado ellos dos. «Al contrario», dijo alguien. «Parecía como si la felicidad de ellos que era tan grande, estuviera afectando para bien la vida de todos nosotros.» Cualquier persona que quisiera en esa efervescencia, podía acercarse a los invitados árabes que estaban presentes, que eran unos cuantos en unas sillas, y tratar de hablar un tema, siempre y cuando la sonrisa no faltara en las caras, que era el único idioma que ellos allí podían entender. A las diez de la noche, el trago ya había comenzado a surtir efecto en las personas, y comenzaron a sufrir los estragos ciertos hombres por no haber conocido a tiempo a la mujer más hermosa que habían visto los ojos, para haber sido el protagonista de sus buenos momentos de casada donde el amor le iba a sobrar. La gente no cabía del entusiasmo por haber sido testigos de aquel acontecimiento que tenía a todos con los pelos de punta, haciendo de aquella velada una de las más recodadas en el club.
Si había alguien que estaba totalmente feliz, era Ángela Guzmán. Se le veía en la cara que no se cambiaba por nadie, y su amiga Sonia Murcia se dio cuenta de eso. Sabía ya que ésta estaba embarazada, de su primo hermano, y le había asegurado que después de la luna de miel, iba a ser la madrina de su primogénito. Ella, que pocas veces había tomado, se había permitido de vez en cuando unas copas, viendo siempre cerca al que era su esposo, que por su buen sentido del humor se había convertido en la sensación del escenario, y lo jalaba de vez en cuando, besándose delante de todos, para regalarles otro buen recuerdo a aquellas almas iluminadas que los miraban. Sabía que él había hecho todo lo posible por estar en algo que era su fiesta, y pensaba que de algún u otro modo podía complacerlo, siendo casi también de su religión, visitando aquellas tierras de las cuales le hablaba tanto, donde una mujer como ella podía perderse el desierto de la Arabia Feliz que era de los más grandes del mundo, y la humanidad entera hubiera corrido a buscarla para que apenas sintiera sed. Por eso trataba de mostrar una sonrisa angelical que le recordara a los presentes que ella ya tenía un esposo, pero que también era la amiga amorosa de todos ellos, y el público general muy cautivado comprendió que la iba a querer más que antes de ser así.
Después de medianoche, ella pensó que había tocado la hora de ir al edificio donde estaban los familiares árabes de él, donde comenzaría a casarse en serio con su cultura. Las personas que estaban en el Club Alemán no sintieron molestia por eso, y pensaron que ya era su compromiso de esposa. Procuraron desprenderse de todos, de una manera tan especial que no sentirían su ausencia. Era normal que tuvieran que irse, para seguir con la emoción que ahora les pertenecía en otro lado. La gente que estaba más cerca de ella, le dijo que lo hiciera rápido, porque a esa hora en el Líbano ya era de mañana, y los padres de él habían hecho un gran esfuerzo por mantenerse despiertos en una ciudad que no les quitaba el sueño. Fueron las primeras personas de las que se estaba despidiendo para siempre.
El lugar donde se dirigieron era el edificio Girasol, y allí estaba esperando los familiares del novio con una música oriental, a la que ya ella poco a poco se estaba acostumbrando. Era el icono de la ciudad, en verdad, por su altura y redonda estructura. Siempre que se toma una foto, éste aparece de noche bajo la luna llena, una imagen de Barranquilla que en cualquier momento siempre le da la cara al mundo. Era algo que los mismo ciudadanos tenían en cuenta, sintiéndose orgullosos de aquella edificación, que de alguna forma reflejaba la grandeza arquitectónica. Pasar por esa carrera que llevaba al mismo norte, era de seguro mirarlo un rato.
Desde que llegaron al edificio, todos la abrazaron, para darle la bienvenida no tanto al apartamento sino a su nueva cultura. En realidad, si bien se habían casado como cristianos, sabían que ella pertenecería era a la tradición de ellos, porque aunque jamás entrara en una mezquita, no había poder sobre la tierra para que el joven Habîb al-Assad cambiara su gastronomía, sus paseos a camellos en el desierto y su idioma natural, que ella desde que lo conoció había hecho un esfuerzo tremendo por aprender, porque quería entender hasta la forma más original en que él pensaba su amor. La trataron como a la seductora princesa real, igual a la de los relatos persas y de inevitable sangre azul, con la que él nunca se pudo casar por no tener la cualidad de ser sentida, y le hicieron ver que era una de ellos, con mucho cariño, prometiéndole el suegro grandes regalos que ella apenas pensaba, porque estaba tan emocionada con lo que estaba viviendo, que apenas quería que se hiciera de mañana y hubiera en adelante otras mañanas. Su esposo se sentó con ella, la llevó luego a varias partes de aquel lugar, demostrándole con eso que al lado suyo, todo era más pequeño de lo que cualquiera pudiera imaginar. Entonces en un rincón del apartamento la besó con más profundidad que en el altar, y le dijo que nunca lo dejara solo. En esos momentos, ya Ángela Guzmán había sentido lo esencial que era no solamente para él sino para toda la familia, y le dijo que estaría consigo hasta la muerte. Si alguien le hubiera preguntado dónde había sido más feliz, hubiera respondido que en el apartamento donde vivió sólo unas horas con el novio. La comida que allí probó, las buenas costumbres, la serenidad de aquel festejo, le hizo entender que estaba en su primera visita oficial ante los familiares de él. La madrugada estaba fría, y cuando se asomaban por una de las ventanas, veían cómo toda Barranquilla estallaba en los carnavales, que también parecían celebrar por ése que era el amor más grande del mundo.
Como tenían prisa, bajaron un momento a la terraza del edificio donde había algunas personas reunidas, haciendo de aquel momento algo muy placentero. Ambos se montaron al carro, cuando ya estaban a punto de irse al aeropuerto, y miraron al cielo. Según ella, como buena barranquillera, desde esa parte de la ciudad a un lado del edificio Girasol, se miraba mejor el disco de la luna. Esa imagen la tenía en cuenta, y muchas personas veían desde distintas partes sólo para desde allí apreciarla mejor. Eso le hizo decir que era una lástima que a esas alturas de la vida, que era la más especial para ella, por culpa de las nubes no se pudiera ver en ningún instante la luna, y que además en esa fecha posiblemente no estaba llena.
-No te preocupes –le dijo él-, que ahora que estemos en Miami será de miel.
Era la única verdad que querían. La idea era ir a esa ciudad al sur de los Estados Unidos, que era el país escogido por ella para pasar juntos en la soledad de una semana, las mejores noches que recordarían en sus vidas. Quería conocer el Downtown, los hoteles y restaurantes de Ocean Drive, y tomados de la mano bajo el sol caminar descalzos por South Beach, buscando ver si era verdad que sus playas eran tan blancas como la sal, frente al océano azul que era el más grande espejo del cielo. Estaba tan emocionada por eso, que cuando él se lo recordó, ella quiso que la mañana llegara rápido, que era el momento en que les iba a tocar estar en el aeropuerto. Las ganas de estar a solas con él, quizás aumentaron desde que se vieron en medio de tanta gente, pero algún día los demás entenderían porqué esa misma noche no habían visto la luna en la que se querían montar.
A pesar de que toda Barranquilla estaba amanecida por lo que fue una noche de Guacherna, las personas más ricas eran casi ajenas a eso. El matrimonio de una joven de la ciudad con un supuesto príncipe del Líbano tenía a los más curiosos hasta inventados historias inverosímiles, porque algunos aseguraban que tan pronto terminara esa noche se la iba a llevar de paseo por el mundo entero, mostrándole el palacio que ella quisiera tener, presentándole a los más conocidos príncipes de Oriente, y volviéndola más bella de lo que era con las joyas más originales que el hombre había inventado, desde que se salió de las arenas del desierto para que ninguna mujer como ella se muriera de sed. En realidad, casi no se equivocaban en pensar que podía pasar eso, en alguien que planeaba continuar sus estudios en la Universidad Autónoma del Caribe, con la carrera de Diseño de Modas. Por lado de Habîb al-Assad hubiera gastado toda la fortuna de la familia, con tal de alargar la vida de una hermosa mujer que al sonreír lo perturbaba como si ya casi no estuviera con él. Sin embargo, la veía tan enamorada de la vida que aquello lo tranquilizaba, porque no había poder más grande que el del amor y por suerte él era el que se lo inspiraba a ella, aunque estaba bastante desesperada en marcharse de allí, para irse a la Florida, lo más pronto posible, sin esperar más, de una forma insistente que al esposo lo puso mal. Algunas personas, que recuerdan que eso sucedió, piensan que ya podía estar siendo llamada por la muerte.
Al darse cuenta de que faltaba poco para amanecer, se organizó una caravana que acompañaría a los novios al aeropuerto. En esos momentos, muchas personas que habían estado en la iglesia y en el Club Alemán, estaban ahora también allí, para despedir y acompañar unos a la pareja rumbo al único lugar donde podían pasar desapercibidos, sin que los curiosos supieran que estaban entrenando matrimonio. De manera contenta, Ángela Guzmán se preparó para marcharse. Algunos integrantes de una agrupación vallenata, estaban presentes e iban a acompañarlos, cantando las canciones de su ídolo Rafael Orozco, como el tema Muere una flor. Era especial ver cómo todas las personas querían participar en esa celebración por la boda, donde ellos dos no eran los únicos felices. Los preparativos para la marcha estaban arreglados, y serían más de cuatro carros los que irían juntos. Las personas que se quedaban en las puertas del edificio, no hicieron sino desearle lo mejor a aquella pareja, en cuyas caras se veía la felicidad misma, pero quizás también el deseo de estar pronto en un avión donde podrían descansar un poco de la pachanga.
Se despidieron de los que quedaron, entre ellas Sonia Murcia, que por estar embarazada de varios meses ya no se podía mover más. Ésta, antes de despegarse de ella, quiso que le sucediera lo mejor. «Ya puedes subir al cielo como deseaste», le dijo, y media hora más tarde cuando se enteró de la desdicha, se arrepentiría por siempre de haberle dicho esa reveladora frase. De todos modos lo articulado era cierto, porque si algo la tenía contenta era ver a su mejor amiga feliz, porque estaba realizando el mejor de sus sueños. Mientras tanto, los demás se movían de un lado para otro, pensando que pronto iba a amanecer. Muchos también les desearon lo mejor, sintiendo la joven casada que era ése su momento, y que no le quedaba más que dar las gracias por lo que había pasado con la ayuda de todos. Entonces Ángela Guzmán miró por última vez en la vida, a los humanos que allí se quedaban.
-Ahí les dejo Barranquilla, para que la gocen por siempre –dijo feliz la recién casada.
Quienes escucharon esas palabras, las recordarían claras sin olvidarlas. Algunos pensaron que si dijo eso, era porque era consciente de se iba para un lugar que estaba lejos. Otros creyeron que precisaba para que disfrutaran muy bien sin ella, ya que era específico que, además de irse de vacaciones, iba a estar ausente durante mucho tiempo. Sin embargo, nunca pensaron que sin pensarlo ni quererlo, se estaba refiriendo a la misma muerte que le esperaba.
Salir por el norte de la ciudad era quizás lo más ideal, porque buscarían la Circunvalar. En esos momentos, Habîb al-Assad sabía más a menos por dónde iría, y no podía ocultar la felicidad de ir al lado de alguien que confiaba en él lo suficiente para quedarse dormida, incluso si iba manejando. Según recordaría después, la misma Ángela Guzmán le dijo que sentía un poco de frío, y después él interpretaría eso como causa del miedo de no estar alguna vez juntos. Como la alegría era la que reinaba, la mantuvo alerta, diciéndole que estuviera despierta en todo el trayecto que iban a tener, porque el sol con ella dormida, no iba a querer aparecer en el horizonte. Ella sonrió, sintiendo que lo que más le gustaba de su marido era su modo de ser, la forma de hablar castellano con su acento libanés, y aquellos ojos casi tan transparentes que nunca podían ocultar lo que pensaba.
Nadie se imaginó que estaban a punto de vivir una tragedia horrible. Quienes fueron los últimos en presenciar a la pareja, suponían que iba a disfrutar de una larga vida, porque el amor que la unía era suficiente para muchos años más de gran satisfacción. Si había alguien que estaba calmado en cuanto a irse y llevársela era el novio, por lo cual había motivo para pensar que con él como su héroe la muerte no podía llegar a ella. Todo estaba bien, porque había comenzado de esa buena manera, y lo único que preocupaba era que no habían tenido un momento de descanso, habiendo mínimas razones para dudar de la persona que iba a conducir. En efecto, Habîb al-Assad no había parado de tomar tragos de whisky desde que estaban celebrando en el Club Alemán, aunque nadie se sintió con valentía de decirle que dejara el manubrio y lo diera porque se veía tan enamorado que era imposible pensar que en otras manos, su mujer estaría más segura que en las de él. Al montarse en el carro, ella se sentía acorde, siendo fácil creer que sólo a su lado podía llegar a la luna de miel. Para decir verdad, no se sospechaba que a esas alturas él estaba un poco pasado de tragos, sintiéndose convincente de manejar con cordura en esos momentos porque estaban a punto de salir los rayos del sol, que le hizo creer que los mantendrían despiertos y, por supuesto, siempre del lado de la vida.
Al ir llegando al norte donde finalizaba la ciudad, entraron en la Circunvalar, por donde iban tantos carros. Era el lugar donde la mayoría de la gente que vivía por esos lados, tomaba la ruta para ir a Cartagena de Indias o al sur de la ciudad, buscando el puente Pumarejo sobre el río Magdalena. La verdad es que Habîb al-Assad en ninguna ocasión había conducido por allí, y le pareció que nunca terminaría de conocer aquella ciudad donde había descubierto a una mujer, que ahora era más de él que de los que hace años la conocían. Se mantenía al volante muy concentrado, con mucha prudencia, porque desde muy joven tenía experiencia en el timón, aunque más luego a causa de los tragos hubiera preferido que otra persona en sobriedad y menos cansada lo hiciera por él, sintiendo sinceramente que en esos instantes no quería usar las manos para conducir sino para abrazar a su amada. Ésta estaba a su lado, y era tan bella, y tan buena, que se veía claramente que estaba hecha para durar lo que durara la vida de la que, gracias a él, estaba más enamorada que nunca. A bordo del mismo carro, traían el equipaje que les iba a servir mucho el tiempo que iban a quedarse en Miami, un lugar donde ya él había estado varias veces por asuntos de negocios. Aunque fueran los dos en ese carro, sentían de veras que todas las personas iban en la misma unidad. La carretera estaba solitaria, a pesar de que había aires de jolgorios, y a veces pasaban unos carros a ciertas velocidades que eran fáciles de esquivar como los malos pensamientos.
La gran caravana llamaba la atención de las personas que la veían pasar a un lado del camino, y algunas se imaginaron que tanta celebración era por los carnavales. Los demás carros iban detrás, porque lo más ideal era cederle el turno a una pareja que si todavía no volaba, era porque había comprobado que la felicidad más grande del mundo estaba era aquí en la tierra. Algunas personas, recordarían ver a Ángela Guzmán mirar de vez en cuando hacia atrás, y emitir una sonrisa que enamoraba a cualquiera. «Iba tan complacida», diría alguien que iba allí «que todos pensamos que era la única dueña de la felicidad.» Era imposible pensar que pudiera ocurrir alguna cosa mala, y que alguien junto a su novio que dejaba tanta felicidad esparcida en el camino pronto los dejaría solos por siempre, sin tener tiempo de montarse en el avión de Avianca que esperaba en la pista del aeropuerto, para subir justamente al cielo como los demás vivos. El carro que iba más cerca, a veces tenía que bajar la marcha, en vista de que el esposo de ella disminuía la velocidad, para asegurarse de que todo fuera bien. «Si en algo estaba bien borracho, era del amor que tomaba de ella sin parar», aseguran de verdad. Fue algo que siempre vieron, la forma tranquila como él manejaba para andar normal. Mientras tanto, lo que esperaba era casi inevitable como la carretera que se extendía larga. Aún así, era increíble ver la alegría de tantas personas, ante dos seres humanos que, al contrario de lo que les esperaba, pensaban con razón que lo único que podía sucederles en adelante era el amor.
Por su parte, Habîb al-Assad conducía con calma, sabiendo que lo que más lo aguardaba estaba a pocos centímetros de él. Al frente aparecían otros carros, y tenía cuidado en eso porque iba con ella, que al estar despierta demostraba que sólo quería tener pensamiento para lo que estaban viviendo. Él, como debía ser, le hizo caso a su instinto que era el de manejar cuerdo, sabiendo que habían avanzado lo suficiente en el trayecto para llegar sin más tardanza, y al repararla entonces bien, cuando sonreía con su cabello largo, se daba cuenta de que la belleza siempre había sido una mujer. Estimulado por esa apariencia, y con ganas de impresionarla, aceleró la marcha del carro. En muchas ocasiones, había tenido prevención con eso, y demostraba una habilidad singular, pero se adaptó a esa nueva velocidad, yendo como jamás debió hacerlo, al lado de un ángel que por su virginidad pura todavía tenía alas para ir sola al cielo. Su esposa no dejó de tocarlo, en silencio, sintiendo que tanto sentimiento le daban hasta ganas de morirse con él. El destino del gran amor que cambió la historia estaba escrito, siendo algo que algunos tendría en cuenta, después de despertar de esa fantasía. «Si yo hubiera sabido cómo iba a terminar todo eso, nunca en mi vida hubiera aprendido a manejar un carro», contó el libanés, y fue una frase especial para este libro. En esos momentos, mientras iban en ese ritmo, el caso más triste, doloroso y lamentado que se recuerda en la ciudad, comenzaba irrevocablemente a suceder. Al igual que él, varios vieron con retraso que un vehículo imprudente venía demasiado rápido en sentido contrario, casi suelto de algo, pero aún así no se imaginaron que tenía algo que ver con la vida de casados que ellos estaban estrenando. Sin embargo, al notar que en realidad venía al impacto fuerte, él se movió a la derecha, de improviso, ágilmente, pero perdiendo el control de manera lamentable, en el ruedo chocaron fuerte contra un muro, y sin saber muy bien lo que por consecuencia pasaba, vieron cuando el mundo terrestre perdió la posición de siempre. Fueron varios los votes que tuvieron, en medio de los gritos, de la desesperación, sin saber qué pasaba con su mujer, qué estaba haciendo y por dónde se estaba yendo, provocando que la misma mente no diera para comprender en pocos segundos lo que estaba ocurriendo.
De inmediato, al acabar todo así y regresar el silencio de las cosas, las personas que iban a bordo de los otros carros y las que pasaban cerca, fueron a socorrer a las víctimas de aquel accidente. El estado pangado del carro era alarmante, y parecía mentira que alguien pudiera sobrevivir a esa desgracia funesta. Miraron que Habîb al-Assad había logrado seguir respirando a pesar de lo que había pasado, pero estaba sin fuerzas, adolorido, queriendo que alguien lo ayudara a salir para él también ayudar a su esposa. En cuanto a ésta, en seguida la buscaron. Con la ayuda de algunas personas, cuando la vieron tirada en el suelo en un lugar apartado de la carretera, pudieran tomarla y ver el estado con muchas heridas en que había quedado. Al principio pensaron que podía ser salvada, a pesar de que la bella figura estuviera empañada en seria consideración por el polvo y la sangre salida de adentro. Alguien que la examinaba mientras los demás en el suelo trataban de reanimarla, supo rápidamente que Ángela Guzmán Simanca estaba muriendo, porque empezaba a ponerse demasiado frágil, perdiendo el color claro de la piel, y por primera vez no preguntaba dónde estaba su esposo. Éste apenas pudo se apresuró en ir a la parte donde estaba su mujer, ilusionado que con la pócima de su amor sería capaz de abrir los ojos, pero al tomarla en sus brazos, besarla bien enamorado y llamarla varias veces, y a pesar de eso nada le respondía, lamentó con oscura amargura su ausencia como muchos de los presentes conmovidos con la dramática escena, en el instante en que la novia exhaló el último aliento y se fue de esta vida, que con toda seguridad también se quedaba bastante triste sin ella.
  











4

Esa noche de oscuridad, Pedro Aponte tuvo en cuenta que se estaba haciendo demasiado tarde para regresar a su casa, y pensó que aunque le indicaran que parara ya no iba a hacer una carrera más. En su corta vida como taxista, tenía la costumbre de trabajar únicamente en Barranquilla, que era la plaza más grande para ganarse los pesos, y al acabar la jornada regresaba a su pueblo porteño, donde vivía con su mujer y sus hijos. En ningún momento, había sufrido un accidente, el carro era suyo y estaba con buen cuidado, y conocía muy bien aquella ciudad que era una de las más vividas por las personas, reuniendo siempre el capital que le permitía vivir tranquilo y no dedicarse a otra cosa distinta desde la mañana que no fuera manejar. De manera que era una persona bastante disciplinada, y mientras la mayoría de sus amigos se quedaba bebiendo cervezas los fines de semana, él prefería reunirse con sus hijos, mirar algunas películas que daban en el televisor, proporcionándole más vida a su familia que también lo distinguía por verlo en silencio en el mecedor. En todo eso y muchas cosas más iba pensando, cuando estaba saliendo de Barranquilla por el norte de la ciudad y se adentraba en el destino siempre desconocido de la carretera.
Era raro que fuera oyendo música en el pasacinta, aunque en su casa escuchaba toda clase de salsa y otros ritmos pegajosos del Caribe. Con las luces del carro, iba viendo con perfección todo el camino, sin descuidarse para nada, porque aquél era un lugar donde habían sucedido unos accidentes, sin que se supiera a ciencia cierta por qué. «Era entonces cuando no le tenía miedo a las cosas de la noche», habría de decir después. Era de todas formas alguien desconfiado, razón por la cual producía que anduviera con más calma y seriedad que cualquiera, y que a las once de la noche no le hiciera una carrera a nadie ni si veía que en la calle, rodeado de muchas personas, un ser humano en el suelo se estaba muriendo. A sus veintiocho años era un hombre hecho y derecho, que actuaba con mucha precaución, y el camino a Puerto Colombia lo conocía bien, como si hasta lo hubiera andado varias veces a pie. En realidad, para él eso era lo que más conocía del mundo en el que le había tocado vivir.
La carretera estaba completamente solitaria, al igual que todas las noches en que le tocaba volver. Prácticamente, lo que veía era producto de los focos del carro, y no había luna, algo normal a principio de ese mes del año 1984, cuando la oscuridad era reinante en el monte, del que a veces salían ardillas y otra clase de animales como los zorros chuchos, cruzando en carrera la carretera por donde él andaba concentrado. En esos momentos, pensó que le hubiera gustado llegar rápido a Puerto Colombia, porque tenía unas ganas de comer con las que apenas podía, y aunque tenía bastante dinero no quiso probar nada en la ciudad que rápidamente dejaba atrás, porque sabía que a esa hora su mujer le tenía tapada la comida, que él al llegar ansioso calentaría hasta con el hambre. Por instinto, conducía muy bien, como si fuera un juego práctico, y al igual que mucho de sus colegas, pensaba que nada le gustaba más en la vida que estar sentado en esa silla delantera, para que manipulando el timón todo lo que lo rodeaba, diera la ilusión de moverse más rápido. Simultáneamente, podía pensar en un millón de cosas, pero era consciente de lo que hacía con el manubrio, y que su vida dependía de su sobriedad, la cual siempre estaba con él, dejándose llevar por una alta velocidad a la que con sinceridad estaba acostumbrado tanto, que ya le parecía que era la forma más natural de andar en esta vida. Sin embargo, más adelante distinguió unas luces acercándose en sentido contrario, hasta ver que era un bus intermunicipal, que iba lógicamente para Barranquilla, sin poder reconocer quién era el chofer. Un carro particular venía detrás del bus, y disminuyó la marcha para no acelerar y pasárselo por el carril, donde conducía él. Era natural que a esas horas avanzadas de vez en cuando se encontrara con otros vehículos, pero ambos iban tan rápidos que desaparecieron de pronto como si nunca los hubiera visto. Entonces volvió a estar en la soledad infinita, mirando el monte interminable, donde la oscuridad era tan abrupta, que parecía mentira que en esa carretera el carro suyo pudiera inventar un poco de luz. Ninguna vez había sentido miedo, y en más de una ocasión, después de las nueve de la noche, debido a un casual problema, le había tocado bajarse, sacar las herramientas y cambiar la llanta dañada, como si estuviera en la terraza de su casa, llamando la atención de otros taxistas que medio paraban y sólo seguían de largo cuando él les aseguraba que todo estaba bien.
Debía ir antes de la mitad del camino, en el que comenzó a sentir la influencia de algo fuera de lo normal. Era algo que nunca en la vida había experimentado, y pensó que se debía al ir por una parte señalada, donde últimamente había pasado toda clase de accidentes inexplicables desde el punto de vista teórico. Las personas, entre ellas él, decían que aquello se debía a la curva de la carretera, que a veces cogía desprevenidas a las personas, que se habían acostumbrado a que el camino de la tierra aparte de plano era sólo recto. En esas cosas andaba abstraído, cuando vio que más adelante a su lado izquierdo, salía la imagen de algo que le pareció humano. En efecto, era una mujer vestida de blanco totalmente lista para el matrimonio, que le señalaba urgente que le parara, algo que él estuvo a punto de hacer, creyendo que se trataba de alguna dama que había sido abandonada por un hombre insatisfecho, o violada por unos bandidos de los que ahora escapaba. Estando pasando frente a ella, le pudo ver bien la cara, y se dio cuenta de que era apenas una joven adolescente, dueña de una belleza tan inmensa que no necesitaba mucha luz para demostrarla. Sin entender por qué, Pedro Aponte muy asustado continuó de largo, porque sintió un terrible escalofrío, que le hizo hielo por dentro, concluyendo que en realidad había tenido un llamado no de una mujer sino del otro mundo. Aceleró más en la velocidad del carro, sin mirar atrás, también completamente seguro de haber escapado a la tentación de alguien que podía estar tendiéndole una trampa, porque imaginó que a lo mejor no estaba sola, y mientras seguía de largo en la oscuridad de la carretera, se cruzó con otro carro, cuyo chofer a lo mejor sí iba a ser seducido por aquel extraño ser. En su interior, sintió un poco de descanso, porque ahora alguien la podía ayudar por él, aunque tardaría mucho tiempo en olvidar aquella experiencia, arrepentido a veces por lo que consideró una cobardía, que no era normal en su habitual modo de ser. Cerca de llegar a su pueblo, sintió más tranquilidad, siendo algo que a nadie al principio le iba a contar, porque estaba lejos de saber la verdad siniestra de ese acontecimiento.
Por su parte, Eduardo Contreras era un taxista de más edad, que tiempo después en esa misma carretera viviría un caso similar. Estaba en Barranquilla, manejando tarde de la noche en la calle 72, cuando una señora que iba saliendo de un supermercado lo detuvo, para preguntarle cuánto le cobraba por hacerle una carrera a Puerto Colombia, a lo que él le dijo que mil pesos. En realidad no quería hacer otra carrera más, pero recordaba: «Quería terminar de ganarme otros pesos». Al aceptar, le abrió la puerta, por donde ella se metió con las bolsas llenas de compra, y entonces comenzó a hacer la carrera. En menos de una hora, ya habían llegado al pueblo del mar, y acto seguido la dejó en la terraza de su casa. Él conocía a muchas personas en ese sitio, sobre todo a otros taxistas, pero se dio cuenta de que en el lugar donde se reunía la mayoría estaba casi solo, y pensó que lo mejor era que se fuera rápido para Barranquilla. En seguida salió del pueblo, adentrándose en la oscura carretera que a veces por su soledad, ponía a pensar en ciertas cosas que daban auténtico miedo.
Era una persona que conocía bien aquel camino, y en varias ocasiones había hecho carreras en ambos sentidos que le dejaban muchos pesos, pero era raro que lo hiciera como en esa particular ocasión, en la que se le había hecho tan tarde. Iba tranquilo, oyendo los viejos boleros de Emisora Atlántico, para sentirse acompañado. Durante toda la vida, había sido amante de aquella música tropical, y un día, según decía, le hizo una carrera a Nelson Pinedo, que a su avanzada edad aún huía de sus seguidores en el centro. También disfrutaba viajando por aquella carretera, larga y estrecha, que lo identificaba en la vida como su propio carro. Eran muchas las caras que había visto pasar por su asiento, y se sentía con razón que era el mejor de los taxistas en Barranquilla. Esa sensación de grandeza le daba seguridad, porque nunca lo habían atracado en el carro. Era un motor que tenía en su poder durante más de diez años, y pensaba que mientras siempre le funcionara, iba a ser un tradicional taxista de ésos que aún manejaban dando vueltas, sin haber que ya habían llegado a viejo.
La vía por donde se dirigía estaba por completo sola, y a diferencia de muchos, no pensaba en espíritus malos ni le inquietaba pasar por lugares donde ya había habido varios accidentes que elevaban la atención, porque creía que a fin de cuentas algún día le llegaría su hora, pero que ésta nunca aparecía donde uno la imaginaba ni menos al estar mirando el reloj. En vista de eso iba muy tranquilo, sabiendo eso sí que ya era tarde, algo que le preocupaba, porque siempre le gustaba madrugar para cumplir el compromiso del oficio que consideraba el mejor del mundo. Sentía la voz del locutor, que le era tan familiar mientras manejaba, que hasta creía que le había hecho varias carreras en ese auto. En algún momento, se cruzó con una camioneta llena de personas en la parte de atrás, y se imaginó que era de algunos guajiros que llegaban a Puerto Colombia a altas horas de la noche llevando quintales de marihuana, para transportarla en lanchas a los barcos parados en alta mar, que al ser cargados partían repletos para el extranjero. Él, al contrario de muchos, cuando en la oscuridad de la carretera veía otros vehículos, no sentía felicidad por la fugaz compañía sino miedo de que algún imprudente se le tirara encima, y provocara un accidente irremediable. De esa forma, a veces prefería la soledad para concentrarse en la música que le hacía acordar de sus mejores años de hombre, y de esas putas buenas cuyos burdeles había dejado de frecuentar en el centro, porque estaba seguro de que las mujeres bellas como las de antes ya no preferían la mala muerte. Acabado el programa de boleros, apagó la emisora y sólo entonces comenzó a sentir el ruido del carro que lo hizo tener en cuenta la realidad material de la carretera.
Estaba a una altura más allá de la mitad del camino, y creyó confiado que estaba repitiendo lo mismo de siempre, que era manejar bien para evitar el peligro. Se sentía seguro, como cualquier noche más de su vida, aumentando la velocidad si se daba cuenta de la soledad aguda del recorrido, y sólo disminuía un poco cuando veía que se acercaban las luces de otros carros. A ambos lados de la carretera, la oscuridad era infinita y sólo las luces delanteras de su carro parecían estar provocando la creación del mundo conocido. Por eso le tenía confianza a esa parte, donde había andado tanto en ese sentido. Entonces, de pronto, al lado derecho del camino, apareció la figura de una mujer vestida de blanco. Estaba acercándose apenas a ella, pero ni aun así impresionado quiso pararle, porque sintió que no era normal que a esas horas de la noche, alguien sola vestida de matrimonio le hiciera señal de que se detuviera en aquel paraje. Más adelante, al perderla de vista, entendió que aquello no era normal e hizo todo lo posible por olvidarse de eso, pero no pudo, porque lo que había pasado nada se lo explicaba, y quiso que algún carro emergiera en la vía para no estar tan solo. Se creyó algo descansando a cierta altura de la carretera, ya que ésta volvió a ser la misma solitaria que había conocido antes en la noche.
En ese momento, Eduardo Contreras sintió que no estaba solo. A través del retrovisor, mientras el carro andaba sin haberse detenido un solo segundo en el trayecto, se dio cuenta de que la mujer a la que no le había querido parar estaba ahora sentada en la silla de atrás, muy tranquila, callada y arreglándose un poco el pelo, como si ya se hubiera encargado de decirle a él a dónde era la carrera que le tenía que hacer. Lo mejor del caso, es que ella en ese puesto estaba lo más de normal, serena porque la iban llevando para que se casara, dejando ver su lado humano, sin tener intención de hacerle el menor daño, y él profundamente en estado de shock quitó la mirada, se concentró en el manubrio y aumentó la velocidad a ciento veinte, sintiendo que lo que la aparición había venido a hacer era a causar su muerte, cosa que hubiera preferido antes que seguir incómodo con eso en la soledad del camino. «Lo único que sé es que era tan bella que parecía estar viva», dijo él después. Durante unos minutos que fueron una pesadilla, no volteó hacia atrás para no encontrarse con su mirada consciente de la vida, tratando de encontrar alguna manera de alejar lo malo de su aspecto, manejando sin parar como lo que más sabía hacer, avanzando en gran distancia lo que pudo, y sólo más adelante descubrió que la mujer no estaba con él, después de un largo rato de eternidad en que estaba entrando a la ciudad. Le pareció que a lo mejor se bajó en medio de la carrera cuando pasaron por el cementerio Jardines del Recuerdo, lugar donde debían descansar sus restos humanos. Pensó en serio que fue así, ya que tampoco había modo de explicar la desaparición repentina de aquel asiento, sin haber hecho nada más en absoluto y sin que él hubiera de nuevo parado en su vuelo. Le causó un respiro apreciar que el norte de Barranquilla donde llegaba era un lugar seguro, dejando la sensación de que la presencia de muchos vivos hubiera espantado a una muerta como ella.
Esa noche al llegar a su casa, sin comprender mucho el sentido de las cosas contó lo que había sucedido. En esos minutos, la madre de sus hijos debió creer que era verdad, porque él no quiso probar la comida, y durmió pensando en eso, sin poder repasar en algo más, como si la aparición de aquella mujer proveniente de la muerte hubiera querido dejarle una porción del más allá. En efecto, al día siguiente, amaneció sorpresivamente con fiebre, bastante enfermo y a punto de morir, y debió ser muy grave el asunto, porque su familia un poca temerosa con la situación tuvo que llevar a alguien para que le rezara una oración de vida. Fue algo que le demoró por unos días, y algunos se preguntaron si en realidad estaba peleando con la influencia de la muerte que personificaba aquélla. Cuando se recuperó, demoró unos cuantos días sin hacer una sola carrera, ni en la misma Barranquilla donde había tantos vivos. Siempre había de decir que eso que le ocurrió había sido cierto, y que la apariencia turbadora de aquella mujer era tan extraña, que sólo podía ser del otro mundo.


(parte del tercer capítulo y comienzo del cuarto)